Hoy resulta usual la valoración que hacemos de los contenidos emocionales en las comunicaciones: conversaciones, discursos, presentaciones.
Sin perjuicio de ello, al escuchar diversas intervenciones notamos la confusión entre “hablar con emoción”, “emocionarse”, “contar algo emotivo”, por un lado. Otro tema es contagiar una emoción en el auditorio.
La clave de la diferencia está en el objetivo que tiene el orador. Si lo que busca es impactar brillando personalmente, puede lograr el aplauso pero difícilmente genere una acción de valor para la audiencia..
La emoción que contagia y se alinea con una propuesta de valor es la que surge de mostrar una experiencia, algo que compartimos, porque sirve para que el oyente se identifique y se apropie, resignificando el relato con su mirada singular.
La experiencia compartida no debe apuntar a la aprobación personal que nos pone en un lugar asimétrico con el auditorio (demuestro lo inteligente, fuerte, distinto, hábil que soy), sino a un plano de igualdad como humanos en el que mostramos valores, dilemas, emociones, y las ofrecemos como experiencias de vida que disparan identificaciones, abriendo caminos de reflexión con libertad de elección.
La influencia es por afinidad, no por imposición de un saber que genera admiración, sino por una experiencia sentida y compartida que genera agradecimiento genuino.
Otra pregunta sería: ¿cuándo incorporamos emoción?
La respuesta de base es que todo el tiempo estamos generando emociones: pueden ser positivas o negativas en función de cómo son percibidas.
Si desde el inicio de nuestra comunicación estamos hablando de algo auténtico que surge del corazón, cada experiencia, dilema, decisión, duda, sorpresa que marca el camino de nuestro discurso, estará teñida de emociones, sea por su contenido y/o por la forma de expresión. Si lo que expresamos (discurso e historias) tiene relación con expectativas y representa algo de valor para la audiencia, la condición emocional de base resuena.
La estructura formal del discurso es necesaria pero no suple el valor de fondo que nace de lo auténticamente vivido y comunicado para beneficio del oyente.
No importa si el discurso tiene información dura, la forma de contarlo llega si el orador la carga del sentido que elige para transmitirlo.

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